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El efecto Pigmalión

por | Oct 4, 2016 | 0 Comentarios

Este nombre tan raro encuentra su dueño original en una legendaria figura de Chipre. En Las metamorfosis de Ovidio se nos narra la historia de Pigmalión, un hombre solo y sin esposa que esculpió una estatua de níveo marfil a la cual dotó de una belleza que ninguna mujer podía tener, enamorándose perdidamente de su obra. La estatua era tan perfecta que Pigmalion se resistía a creer que no fuera real. Cada cierto tiempo iba a tocarla para comprobarlo, apurando en su corazón la pasión por aquel cuerpo ficticio, al que llamó Galatea.

Pigmalion viste a Galatea y la adorna como si fuera real. La besa a menudo y la suele tender sobre un lecho de telas púrpura, un tinte muy caro por aquel entonces, recostando su cuello sobre blandas plumas, como si la estatua fuera a notarlo. Durante las festividades de Venus, el día más celebrado de la isla de Chipre, Pigmalion realiza sus ofrendas y pide a la diosa del amor una esposa “semejante” a la doncella de marfil, sin atreverse a pedir directamente que fuera ella. La diosa Venus, que siempre asistía a sus fiestas, escucha aquella plegaria y la comprende.

Cuando Pigmalión regresa a su casa, se allega hasta Galatea y, al besarla, le parece que está tibia. Le palpa los pechos con las manos y siente que el marfil se vuelve dúctil al tacto. Lo que en principio era dureza, ahora puede malearse como si fuera una muñeca de cera bajo un sol ardiente. Cuanto más la toca, más se deja oprimir la estatua y, con sus dedos, Pigmalion consigue ir venciendo la rigidez y hacer a la estatua cada vez más flexible. De pronto nota que Galatea está caliente y las venas, que tan delicadamente esculpió, comienzan a bombear sangre bajo una fina piel. La escultura finalmente había cobrado vida.

Esta bonita historia sirvió de inspiración a los psicólogos Robert Rosenthal y Lenore Jacobson para titular su famoso artículo “Pygmalion in the classroom” (Pigmalión en clase, 1968). En él describen un experimento mediante el cual quisieron comprobar cómo las expectativas del profesorado afectaban al desarrollo intelectual de los alumnos. Al principio de curso, cuando los profesores aún no conocían al alumnado, les facilitaron informes falsos sobre sus capacidades intelectuales. Les dijeron que había un grupo de alumnos que estaban en un momento de su crecimiento propicio para dar un gran salto intelectual. En realidad, dicha lista de alumnos estaba confeccionada al azar.

Los alumnos fueron evaluados en inteligencia antes y después del curso. Los psicólogos observaron que aquellos alumnos que estaban dentro de la lista ficticia de “altas capacidades”, al margen de su nivel real de inteligencia, estadísticamente aumentaron mucho más su coeficiente intelectual que aquellos que no estaban incluidos. Los niños más pequeños resultaron más afectados por el efecto Pigmalion. También resultaron más beneficiados los niños que pertenecían a minorías culturales. No hubo diferencias entre sexos en el aumento global de inteligencia, aunque los chicos mejoraron más en inteligencia verbal y las chicas en inteligencia deductiva.

La explicación que los experimentadores dieron a estos resultados se basó en la llamada profecía autocumplida. Una profecía se autocumple cuando situaciones que se esperan, por el mismo hecho de estar esperándolas, acaban sucediendo. Por ejemplo, cuando uno cree tener mala suerte y su propia actitud insegura le acarrea una desgracia detrás de otra. En este caso, dado que los profesores esperaban más de ese grupo de alumnos, probablemente se esforzaron más con ellos y les prestaron más atención. Seguramente tuvieron más paciencia con ellos a la hora de repetirles las explicaciones o de contestar a sus preguntas. Tal vez incluso fueron más benevolentes a la hora de evaluarlos, premiando así el esfuerzo de los niños con buenas notas y motivándoles a esforzarse más aún.

El mito de Pigmalión ha servido de inspiración no sólo en experimentos psicológicos, sino también en multitud de obras de arte y literatura. Bernard Shaw, por ejemplo, tituló una obra de teatro con ese nombre, “Pygmalion”. En el argumento un hombre apuesta con otro que puede convertir a una florista (una mujer de clase social baja en aquella época) en una dama. Para el rival de la apuesta, la mujer sigue comportándose como una florista, porque él la trata siempre con desdén; sin embargo, para quienes la tratan como una dama, ella se comporta como tal. Mark Twain nos regaló una novela donde dos niños de idéntica apariencia física, “El principe y el mendigo”, se encuentran por azar y se intercambian los papeles, pasando a comportarse cada uno con las maneras del otro, simplemente por el distinto trato que reciben de la sociedad.

En conclusión, el efecto Pigmalión se manifiesta en las variaciones de conducta que es capaz de desplegar una persona dependiendo de lo que los demás esperan de ella. También se habla del Efecto Galatea, debido al nombre de la estatua (y suponiendo que ella también deseara despertar a la vida). El efecto Galatea hace referencia a la influencia que ejercen sobre nuestras vidas las convicciones que tenemos sobre lo que va a ocurrir, es decir, nuestras expectativas. Por ejemplo, si estamos convecidos de triunfar será mucho más fácil alcanzar el éxito.

En otras palabras, el efecto Pigmalion nos invita a reflexionar acerca de cómo debemos tratar a los demás, ya que en cierta medida se comportarán como nosotros creemos que lo harán y, si no tenemos fe en ellos, no ayudaremos a que desplieguen todo su potencial. Por su parte, el efecto Galatea explica por qué una actitud positiva nos facilita un mejor futuro y una actitud negativa influye de la misma forma negativa en nuestra vida.

Vicente Bay

 

IMAGEN DE ARRIBA: Escena de la película Pygmalion de 1938, una adaptación del propio Bernard Shaw de su obra de teatro homónima que le valió el Oscar al mejor guión adaptado.