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Miedos evolutivos

por | Ago 2, 2016

Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido.

Ahora es el momento de comprender más, para temer menos“,

Marie Curie

Llamamos miedos evolutivos a aquellos miedos que son normales a ciertas edades, es decir, a los miedos innatos. Todos nosotros tenemos miedos, pero los miedos no aparecen todos de golpe ni están presentes al nacer. El miedo, como cualquier otra emoción, se va desarrollando poco a poco. Los distintos miedos aparecen de forma diferenciada y evolutiva, o sea, a diferentes edades. Y también se han encontrado diferencias entre géneros.

Los niños pequeños informan de más miedos que los niños más grandes, y las niñas informan de más miedos que los niños. Sin embargo, no podemos fiarnos de esta información. Las expectativas de edad y de género pueden estar sesgando las respuestas de los niños. Si a las niñas se las consuela mientras que a los niños se les dice que hay que ser valientes, es normal que las primeras expresen sus miedos más libremente. También a los niños más mayores se les exige mayor entereza. En resumen, no es raro que un niño oculte sus miedos por la presión social.

Veamos a qué edades es más frecuente la aparición de cada tipo de miedo.

En un bebé (de 0 a 2 años) el miedo más frecuente es a ruidos fuertes. También tienen miedo a las alturas, porque perciben bien la profundidad, como comprobó la psicóloga Eleanor Gibson con su experimento clásico de “El abismo visual” (ver figura más abajo). Además, en esta época, entre los 6 y 9 meses, suele aparecer el miedo a los extraños.

A partir de los 2 años comienza a desarrollarse el miedo a los seres imaginarios. Los niños empiezan a manifestar miedo a monstruos o a fantasmas. También comienza el miedo a ciertos animales.

Después de escolarizarlos puede aparecer el miedo al colegio, que puede ser miedo a algún aspecto concreto del colegio o, bien, tratarse de una manifestación de la ansiedad de separación de las figuras de apego (la separación de la madre, normalmente).

Sobre los 4 años es típica la aparición del miedo a la oscuridad.

A partir de los 6 años los miedos más frecuentes se hacen más realistas. Cobran relevancia el miedo a hacerse daño o a las heridas, el miedo a las tormentas, el miedo al médico o el miedo a perderse en lugares extraños. Esto no significa que los miedos a seres imaginarios hayan desaparecido, pero ya no serán tan frecuentes.

Conforme los niños van avanzando cursos en el colegio, los miedos académicos van adquiriendo importancia. A los 8 años empiezan a preocuparse por su rendimiento. Empieza el miedo al fracaso y a las críticas. También puede aparecer el miedo a la muerte, dado que empiezan a ser conscientes de ella.

Entre 11 y 13 años los niños se preocupan mucho por que sus padres discutan y tienen miedo a la separación o al divorcio. También empiezan a ser muy sensibles con su propia imagen.

En la adolescencia los miedos mayormente se socializan. El aspecto interpersonal cobra mucha importancia. Se dispara el miedo al fracaso y a la falta de reconocimiento por parte de los demás. Se trata de un periodo sensible para desarrollar fobias sociales, que mal gestionadas podrían llegar a cronificarse.

Todos estos miedos son naturales y la mayoría de psicólogos no recomendarían ninguna intervención, a no ser que la intensidad sea extrema y, por lo tanto, genere un alto nivel de sufrimiento o, bien, si interfiere de forma grave en la vida de los niños o de las familias. En estos casos los miedos pasan a llamarse fobias. Sin embargo, es importante que los padres conozcan estos estadios evolutivos y recuerden que todos pasamos por ellos. De esta manera nos daremos cuenta de que no debemos ridiculizar o regañar a los niños por sentir estos miedos tan naturales.

En general, lo que podemos hacer por los pequeños para ayudarles con estos miedos es, en primer lugar, dejar que los expresen, que hablen de ellos y nos los expliquen bien. Comprender aquello que nos da miedo ayuda mucho a superarlo, como apunta la cita que he elegido como cabecera de este artículo, atribuida a la famosa premio Nobel de Física. Después de escuchar al niño, acompañarle en sus sentimientos y explicarle sobre aquello que teme, le podemos enseñar de qué manera nosotros afrontamos esos mismos miedos, pero sin obligarle a imitarnos. Para un niño un modelo a imitar es mejor que una explicación y, si ese modelo es parecido a él (un amigo, un hermano…), el aprendizaje mejorará.

Recordemos que un modelo puede servir para bien o para mal. Muchas fobias se “heredan” porque los niños son testigos de las reacciones exageradas de miedo de sus padres.

Cuando los niños se sientan preparados y, sin obligarles, vayan haciendo progresos enfrentándose a sus miedos, les reforzaremos con sonrisas, aplausos, besos y abrazos. Por mínimo que sea el progreso que hagan, es importante valorárselo. Pero también es importante transmitir que nuestro apoyo es incondicional, que no está sujeto a que ellos tengan éxito o no. De esta manera se sentirán seguros y valorados.

Si esto no es suficiente y vuestros hijos padecen miedos desproporcionados o fobias, no os preocupéis, porque la psicología tiene un buen arsenal de métodos eficaces para ayudarles a superarlos. Algunos de ellos pueden ser muy curiosos. Recuerdo a un psicólogo que se disfrazó de Spiderman para ayudar a un niño con su fobia a las arañas y, en pocas sesiones, consiguió que el niño las acariciara tan tranquilo. ¡Ah! Ojalá entrara por la puerta de mi consulta un niño con fobia a los murciélagos, porque así podría justificarle a mi mujer un traje de Batman en el armario.

Vicente Bay