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Nosotros como jardín

por | Oct 11, 2016

El benévolo obispo de Los miserables, la gran novela de Víctor Hugo, después de ayudar a los necesitados, enfermos y afligidos, empleaba su tiempo libre en trabajar un modesto jardín en el cual sembraba, escarbaba y regaba y, cuando había terminado de atenderlo, se dedicaba también a leer y a escribir. A estos dos tipos de pasatiempos los llamaba sin distinción “jardinear”, pues, según pensaba Monseñor Myriel, “el espíritu también es un jardín“.

Imaginemos por un momento nuestra vida como un jardín. Nosotros seremos los jardineros y nuestro oficio será el de “jardinear”, como el religioso personaje de Víctor Hugo. Como buenos jardineros, nosotros plantamos determinadas semillas porque queremos que aparezcan determinadas plantas, con sus determinados frutos o sus determinadas flores. Las plantas que queremos en nuestro jardín representan nuestras metas en la vida.

Sin embargo, bien puede suceder que el resultado final del jardín no se ajuste exactamente a nuestras expectativas. Puede que queramos más flores, puede que queramos más frondosidad, puede que queramos aromas más penetrantes o colores más intensos. Al fin y al cabo, podemos plantar las semillas, pero no podemos controlar cómo crecen las plantas en detalle. En el mundo hay demasiados factores a tener en cuenta como para poder controlarlos todos.

¿Podemos controlar nuestro sueldo? ¿Podemos controlar la calidad o la cantidad de amigos que tenemos? ¿Podemos controlar completamente nuestra salud? ¿Podemos controlar el amor que sentimos o nuestro ingenio?

Habrá jardineros que piensen que sí, que ellos pueden controlar cómo crece una planta exactamente. De hecho, los bonsáis son un ejemplo de cómo un cuidado dedicado puede llegar a controlar completamente el crecimiento de un árbol, hasta el punto de alterar su tamaño de forma disparatada. Sin embargo, cabría preguntarse si merece la pena dedicar toda nuestra vida al crecimiento de unas pocas plantas, descuidando el resto de nuestro jardín por falta de tiempo. Por ejemplo, si nos absorbe por completo un trabajo, o una relación, o la obsesión por la nutrición y el gimnasio, probablemente otras áreas se verán afectadas.

En todo jardín crecen las malas hierbas, esas plantas molestas que uno no ha sembrado pero que, sin permiso, ahí están. Como buenos jardineros, nuestro impulso será arrancarlas y quemarlas, pero en un jardín siempre habrá malas hierbas. En nuestro jardín vital de metas y valores, las malas hierbas pueden representar aspectos como la ansiedad, el estrés o el malestar emocional. ¿Qué cantidad de esfuerzo es razonable dedicar a eliminar estas malas hierbas? ¿Qué ocurrirá si dedicamos más trabajo a las malas hierbas que a nuestras queridas plantas? ¿Tan maléficas son las malas hierbas?

A veces sucederá, cuidando de nuestro jardín, que nos enfademos con las nubes, nos impacientemos con la lluvia, nos preocupen los insectos o nos sintamos cansados y desganados. Pero las plantas van a seguir creciendo, al margen de nuestro estado de ánimo. Por más que nos alteremos, no vamos a controlar los elementos del aire, del agua y de la tierra, y ni tan siquiera de nosotros mismos. El resultado de nuestro jardín no dependerá cómo nos sintamos o de lo que pensemos. Sin embargo, pase lo que pase, hay algo que sí que está en nuestras manos: el seguir cuidándolo o abandonarlo a su suerte.

Al final, nuestra felicidad no va depender tanto del resultado final como de lo satisfechos que estemos con la labor que vamos realizando en ese jardín que es nuestra vida. No depende de lo fructífero, bonito o perfumado que sea, sino de lo que significa para nosotros. Nuestra satisfacción vital dependerá del nivel de compromiso que tengamos con nuestro jardín de metas y valores, del nivel de aceptación que le brindemos en nuestra consciencia y de lo estimulante que nos resulte como reto.

Por cierto, cada jardín es personal y único y nadie más que nosotros tiene por qué comprenderlo. Por ejemplo, en japón son comunes y admirados los jardines de piedras y, cuando uno aprende a reposar la mirada sobre ellos, descubre una belleza sencilla que para la mayoría pasa desapercibida.

Esta idea de la “metáfora del jardín” la emplean los psicólogos Kelly G. Wilson y M. Carmen Luciano (Wilson y Luciano, 2002) en el marco de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT).

 

 

Referencias:
– Wilson, K. G. y Luciano, M. C. (2002): Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Un tratamiento conductual orientado a los valores. Madrid: Pirámide.