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Lloramos porque estamos tristes, pero también estamos tristes porque lloramos. Así lo afirmaba con acierto William James. Para el padre del funcionalismo americano, la expresión emocional afecta al propio sentimiento de las emociones. En efecto, la tristeza y el llanto no son fenómenos separados y secuenciales, sino que coexisten en el tiempo y se retroalimentan entre sí. Por eso, llorar nos permite, no sólo expresar nuestra tristeza, sino también intensificarla y, de ese modo, dar rienda suelta al sentimiento hasta lograr desahogarlo.

Derramar lágrimas, por lo tanto, lejos de ser un signo de debilidad o cobardía, constituye una forma eficaz de gestionar nuestras emociones. Como casi toda conducta que nos ha llegado por evolución darwinista, la función del llanto es adaptativa y tratar de reprimirlo puede causarnos más sufrimiento psicológico del que pretendemos evitar. Sin embargo, a veces no inhibimos el llanto de forma voluntaria. En ocasiones, a pesar de sentir imperiosamente la necesidad de llorar, no podemos hacerlo aunque queramos.

La incapacidad para llorar indica un déficit de gestión emocional. Cuando las lágrimas no acuden cuando corresponde, significa que una parte de nuestra psique se halla disociada del resto. Probablemente “sabemos” que no estamos bien, pero no terminamos de “sentirlo”. Nos cuesta conectar con nuestras emociones y, en consecuencia, no podemos expresarlas adecuadamente ni terminar de digerirlas. Nos sentimos bloqueados y atrapados en un nudo interior que muchas veces no sabemos ni cómo empezar a deshacer.

Sin pretender ser exhaustivos, existen varios factores personales que pueden hacer más probable la aparición de este bloqueo emocional:

  1. Personalidades excesivamente racionales. Las personas más autocontroladas, flemáticas o indolentes pueden tener dificultades para acceder a sus emociones y, por lo tanto, a los correlatos fisiológicos y conductuales de las mismas como el llanto. Por ejemplo, personalidades obsesivo-compulsivas, esquizoides, antisociales y narcisistas pueden mantener secuestradas racionalmente a las emociones, provocando problemas psicológicos sublimados o secundarios.
  2. Estilo de apego inseguro. Si nuestros padres no han recogido adecuadamente nuestras emociones durante los periodos sensibles de la infancia, enseñándonos a identificarlas y a gestionarlas adecuadamente, podemos crecer con una ignorancia básica acerca de nuestros estados emocionales. En estos casos, nuestro “músculo emocional” estará atrofiado y no podrá funcionar correctamente.
  3. Experiencias traumáticas. Cuando experimentamos acontecimientos de tal intensidad emocional que nos resultan imposibles de soportar, nuestra mente, en un intento de defenderse, nos disocia completamente de nuestra parte emocional, dejándonos bloqueados y como ausentes. Aparecen sensaciones de desrealización y despersonalización, como si viviéramos la vida a través de un cristal o como si fuéramos desconocidos para nosotros mismos, respectivamente.
  4. Falta de conciencia o de atención. Otras veces, no lloramos porque realmente no somos conscientes de lo que nos está pasando. Nos vamos apagando sin saber muy bien qué nos ocurre, porque ni siquiera hemos reparado en ello. La función autorreflexiva de la mente está detenida o distraída, debido a un déficit de introspección, a inmadurez psicológica o a la existencia de un dolor interno que nuestra mente evita de manera persistente e inconsciente.
  5. Episodios psicóticos. Enfermedades mentales graves, como la esquizofrenia, pueden cursar con aplanamiento afectivo, es decir, con episodios donde la persona no siente nada y permanece como desconectada. También puede ocurrir en depresiones profundas o estados de ansiedad intensa.

En cualquier caso, la incapacidad para llorar suele ser un síntoma indicativo de la existencia de conflictos emocionales profundos, los cuales deben ser tratados en el contexto de una psicoterapia adecuada. Si te sientes así, no dudes en pedir ayuda profesional para recibir una valoración psicológica.