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¿Quiénes somos? ¿Lo sabemos?

por | Ago 12, 2016

Por sus frutos los conoceréis“,

Mateo 7, 15-20.

Dice la famosa cita bíblica, refiriéndose metafóricamente a las obras de las personas, que por el fruto se conoce al árbol. A veces creemos que los demás son las palabras que dicen, o que nosotros somos nuestros pensamientos, pero en este caso estoy de acuerdo con la Biblia y creo que somos más nuestros actos que nuestras palabras o pensamientos. Sin embargo, tampoco podemos ser categóricos en esto. Alguna cosa hemos aprendido en dos mil años.

A poco que profundicemos, nos daremos cuenta de que, si las palabras y los pensamientos son poco fiables a la hora de representarnos, tampoco podemos identificarnos totalmente a través de nuestros actos. Por ejemplo, por el hecho de que yo cometa un acto malvado no significa que sea malvado. Sin duda ese acto constituye uno de mis frutos, pero el árbol es algo más que uno de sus frutos. Y yo soy algo más que uno de mis actos. Incluso aunque cometa muchos actos malvados, puede que sólo se trate de una mala cosecha. El árbol es todos los frutos que da en su vida, más todas sus hojas, todas sus ramas, con su tronco y su extensa raigambre escondida en el subsuelo, más el pájaro que lo visita, la ardilla a la que sirve de morada, los insectos trepadores, el musgo que lo arropa y los hongos que lo adornan. Por sus frutos los conoceréis, pero sólo parcialmente.

Delimitar quiénes somos no es tarea fácil, pero parece que el ser humano necesita contestar a esa pregunta. Por eso nos vamos construyendo una identidad a cada oportunidad. Tratamos de identificarnos a través de nuestra ropa, de nuestras actividades, de la gente con la que vamos (“Dime con quién vas y te diré quién eres”, dice el refrán), a través de las fotos que subimos a Facebook, de la decoración de nuestra casa o de nuestra habitación, de lo que los demás dicen de nosotros, del coche que conducimos, de lo que pensamos que los demás piensan de nosotros, de los países que elegimos como destinos turísticos… En esta época que nos ha tocado vivir, nuestra imagen personal ha tomado tal protagonismo que, básicamente, no perdemos ninguna oportunidad de proyectar nuestro yo para definirnos un poquito más.

Sin embargo, sólo hay una cosa clara después de todos estos intentos: eso que decimos que somos va cambiando con el paso del tiempo. La decoración de nuestra habitación no es la misma que hace 20 años y, probablemente, dentro de otros tantos viviremos en una casa muy distinta. Lo mismo cabe decir de nuestra ropa o de la personalidad 2.0 que tratamos de proyectar en las redes sociales. Si tuviéramos que definirnos en tres palabras, seguramente dichas palabras irían cambiando a lo largo de nuestra vida. De la misma manera van cambiando nuestros actos y también nuestros pensamientos. Heráclito afirmaba que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Tampoco nosotros somos los mismos que ayer y mañana seremos distintos.

El yo es una entidad dinámica en constante cambio. Incluso desde un punto de vista biológico. Exceptuando algunas neuronas que nos acompañan durante toda la vida, la mayor parte de nuestras células tiene una vida limitada que oscila entre unas horas y un máximo de diez años. Esto significa que cualquier parte de nuestro cuerpo ha sido ya renovada varias veces, si no miles. Esta naturaleza cambiante exige una constante capacidad de adaptación por nuestra parte. Y eso es precisamente lo bonito de la vida. Que no somos rocas. Que estamos en constante actualización. Que cada día es otra oportunidad. Que si no nos resistimos a los cambios y somos lo suficientemente flexibles, podremos aprovechar al máximo las continuas invitaciones a la renovación que la vida nos plantea.

Antiguamente el concepto que teníamos de desarrollo se limitaba únicamente a la infancia. Se consideraba que el individuo adulto ya estaba completo y que, llegado a cierto punto culminante, simplemente degeneraba. Hoy sabemos que el desarrollo dura toda la vida, incluso en la vejez. He visto recientemente a un padre que quería acompañar a su hijo a la marcha del orgullo gay en Madrid. El hijo no quería hacerlo porque pensaba que sería “demasiado” para su padre. El padre insistía: “No voy a escandalizarme por ver a dos hombres besándose”. El hijo contestó riéndose: “Papá, eso es lo más light que verías”. Y aquel jubilado me miró y dijo: “No me importa. Para mí hay una palabra clave en la vida: adaptación”. Sin duda alguna, para aquel hombre, la novela de la vida aún le reservaba muchos capítulos. No era consciente el hijo de la suerte que supone tener un padre de mentalidad tan abierta, o sea, con un yo tan flexible.

Sin embargo, el hecho de que nuestro yo no sea algo estático y que cambiar sea paradójicamente la manera más coherente de autenticidad, no significa que no sepamos quienes somos y que vayamos por ello a la deriva. La mayoría de las personas sabemos quiénes somos actualmente, sabemos quiénes hemos sido y tenemos una idea aproximada de cómo seremos en un futuro no muy lejano. También poseemos una medida de nuestro yo ideal, es decir, aquella persona en la cual nos gustaría llegar a convertirnos algún día. Todas estas proyecciones o manifestaciones del yo funcionan como puntos cardinales en nuestro mapa existencial. Por eso, aunque cambiemos, no perdemos en ningún momento nuestro sentido del yo, es decir, nuestro autoconcepto, porque, aunque nos movamos largas distancias, siempre conservamos el mapa como visión de conjunto.

En caso de que no fuera así, es decir, en caso de que una persona no supiera definirse a sí misma o no supiera cómo le gustaría mejorar o llegar a ser algún día; en caso de que una persona se sintiese completamente desorientada; en caso de que una persona no guardase ningún mapa de su trayectoria ni fuera capaz de proyectar un futuro deseado, es posible que tuviera tantos problemas de realización personal como aquella otra persona que se niega a cambiar durante toda su vida.

Vicente Bay