text-align: center

The Dancing Healers

por | Nov 26, 2016

No me resisto a contar esta bella historia. A pesar de la veracidad que cada uno le quiera otorgar, no deja de ser una bonita historia. Viene relatada en el libro The Dancing Healers: a Doctor’s Journey of Healing with Native Americans, de Carl A. Hammerschlag. Este médico, después de vivir ciertas experiencias que su ciencia no podía explicar, decidió estudiar psiquiatría en la universidad de Yale para comprender mejor los entresijos de la mente o, como dirían los indios americanos, el poder del espíritu.

En 1965, Carl A. Hammerschlag era un joven médico idealista que, ante la gran demanda médica que requerían los veteranos de la guerra de Vietnam, decidió cambiar de tercio y servir a la humanidad ocupándose de la salud de los indios nativos americanos. Con este propósito fue trasladado del Hospital de Seattle en Washington a Santa Fe, Nuevo México, como médico generalista oficial encargado de atender a las tribus asentadas a lo largo de Río Grande. Nada más instalarse recibió un paciente al que diagnosticó con un cáncer de colón en estado muy avanzado. Se trataba de un indio tradicional de unos cuarenta años que se llamaba Vincente.

Los nativos no eran muy amigos de los hospitales, bajo el razonamiento de que una enfermedad puede ir bien o mal, pero a un hospital se va a morir. Guiado por estas creencias, Vincente había perdido mucho peso en los últimos meses de su vida. El cáncer estaba en los últimos estadios y era ya terminal. El joven doctor Hammerschlag trató de explicarle a su paciente la gravedad de la situación, pero no había una palabra para cáncer en el idioma keres (la lengua hablada por aquellos nativos). El médico trató de hacerlo lo mejor que pudo y le explicó a su paciente que una especie de fuego le estaba consumiendo desde dentro.

Ante aquel diagnóstico, el nativo americano, sin darle mayor importancia, le habló de la fiesta más importante de su pueblo, que sería el 4 de agosto, para lo cual todavía faltaban dos meses. Bastante conmovido, el médico se percató de que su paciente no había comprendido la cruda realidad: que no le quedaban dos meses de vida. Como Vincente insistía en que asistiría a esa fiesta, el joven médico pensó que lo mejor sería condescender y le prometió que, llegado el día 4 de agosto, él mismo le llevaría hasta su pueblo para asistir a su fiesta.

A pesar de la mucha medicina que Carl A. Hammerschlag había aprendido en la universidad, cuando llegó el 4 de agosto Vincente seguía vivo. Fiel a su promesa, al médico le tocó conducir una ambulancia hasta Santo Domigo Pueblo, con todas las medicinas y el equipo que requerían los cuidados paliativos de su paciente. Durante la fiesta, a pesar de los grandes dolores que él sabía que sufría Vincente, éste no emitió ni una sola queja y el doctor no tuvo que hacer uso de los analgésicos que traía.

De regreso al hospital, el médico volvió a instalar a su paciente en su habitación. Le confesó lo sorprendido que estaba del curso de los acontecimientos y le dijo que al día siguiente vendría a visitarlo para que le contara cuál había sido su secreto. Vincente le respondió tranquilamente: “No, mañana no estaré. Ahora estoy preparado para morir”. El médico restó importancia a estas palabras e insistió en que mañana se verían. Como ya podéis imaginar, al día siguiente se encontró con la cama de Vincente vacía. El indio había muerto durante la noche.

El joven doctor quedó maravillado de la elegante manera en que Vincente había gestionado su propia muerte, al margen de los dictados de la medicina. Comentó el caso con un compañero: “¡No te vas a creer lo que me ha pasado!”. El otro médico, con más experiencia con los nativos, religioso practicante por su parte y, en definitiva, acostumbrado a las cosmovisiones de corte espiritual, lo miró de soslayo.

Poco después, el doctor Hammerschlag tuvo a otro paciente en el hospital al cual también recordaría largo tiempo. Esta vez era un chamán indio de unos setenta años llamado Santiago. Mientras le estaba examinando, el viejo indio sonrío amigablemente y le preguntó dónde había aprendido a curar. El doctor Hammerschlag recitó orgulloso todos sus títulos universitarios en riguroso orden. El venerable anciano le escuchó pacientemente, volvió a mostrar una sonrisa beatífica y le preguntó entonces si sabía bailar.

Con toda la jovialidad de sus 26 años, el buen doctor se puso a bailar alrededor de la cama. El anciano indio al verlo no pudo menos que desternillarse de risa. El anciano se levantó de la cama, aun en las postrimerías de su vida, y le enseñó a aquel sanador inexperto cómo se tenía que bailar. “Si quieres curar tienes que ser capaz de bailar”, le explicó. Entonces el médico, en otro arranque de soberbia e indulgencia, le pidió a su paciente que le enseñara aquellos pasos de baile tan magníficos. El viejo chamán le respondió: “Sí, yo puedo enseñarte mis pasos, pero tú tienes que ser capaz de escuchar tu propia música”.

Vicente Bay